Cuando desperté, en una mañana oscura, me di cuenta de que el martilleo que me había acompañado toda la noche seguía taladrando mi cabeza sin compasión. Tuve suerte de haber podido conciliar el sueño, pero presentí que esa suerte no me acompañaría esta noche y decidí investigar la fuente de tan molesto ruido. Decidido a levantarme tras un instante de auto-convicción , coloqué mi mano izquierda en la pared e hice fuerza, consiguiendo incorporarme.
Me miré; la ropa que en la noche anterior no me había ni quitado reposaba ceñida a mi piel, era una ropa cómoda, aunque después de ver cómo había quedado decidí cambiarla por algo más acorde. Mientras me vestía mi cabeza fue despejándose, pero aún estaba ese continuo martilleo del que no me libraba. Ya vestido me dirigí a asearme un poco, sin dudad alguna, la pulcritud no destacaba hoy en mi persona.
Normalmente hubiese desayunado frugalmente, pero hoy me apetecía un gran desayuno; miré a mi nevera, nada.
Maldita sea-mascullé entre dientes.
El destino parecía decidido a jugarme un mala pasada, así que abrí el armario dónde guardaba el pan de molde y saqué la leche de otro contiguo. Comí sin prisa, pero lo bastante rápido como para no volverme loco con esa demoníaca cadencia que me torturaba.
Ya desayunado, salí de mi casa, el panorama de todos los días me esperaba allí fuera; sin embargo, ese molesto ruido seguía ahí fuera, escondido, burlándose de mí, sin que pudiera localizarlo. La gente a mi alrededor seguía sus vidas, nadie notaría algo anormal en mí...
Con un suspiro comencé a buscar alrededor de mi casa. Mi casa era bastante bonita, hecha de ladrillo y recubierta por pura estética de pizarra, solía disfrutar de una temperatura confortable en invierno, aunque el verano se hacía muchas veces insoportable. Rodeé la casa, aparte de los despojos de la sociedad moderna y alguna que otra sabandija que almorzaba, no había nada más.
Frustrado por esto me alejé más de mi casa en busca de ese maldito sonido que tanto me molestaba. Mi búsqueda comenzó en una obra de las inmediaciones, aunque no tuve problemas para entrar, resultó más difícil distinguir entre tantos aparatos aquel que yo buscaba. Tras un buen rato buscando, había localizado una variopinta colección de cacharros y demás chatarra. Uno por uno fui apagándolos, inutilizándolos o simplemente rompiéndolos en tantos pedazos que hasta a su propio diseñador lo habría costado reconocerlo. Rompí cosas que ni siquiera sabía que hacían o para que servían.
Una vez acabado el duro trabajo, esbozó una sonrisa de satisfacción, que se vio truncada por el sonido, que pugnando por ser oído, seguía tan fuerte como antes. Ya no podía aguantarlo.
Con gran decisión me encaminé fuera del solar de las obras, y empecé a buscar sin criterio, ora allí, otrora allá, eso sí, respetando escrupulosamente las cosas de los demás, y permitiéndome no repetir en ningún caso.
-Nada, nada, nada
La frustración me afectó aún más, volviéndome frenético, alterando mi respiración, mi tensión y mi humor.
El sol estaba en su cenit para cuando terminé de buscar, infructuosamente, hay que decirlo. Así, desesperado, regresé a mi hogar. Tras un reparador bocadillo de embutido, harto con el sonido, decidí preguntar para ver si alguien sabía de dónde provenía.
Debido a la hora, me costó encontrar a alguien, ese alguien fue un hombre de estatura media, ni gordo ni delgado, con una cara neutra y vestido con un sencilla traje para el trabajo.
Me acerqué a él y le pregunté de forma amistosa:
Señor, ¿sabe usted de dónde procede ese sonido?
Cuando creí que iba a responderme, contemplé medio fascinado medio horrorizado cómo su silueta se fundía en forma de bruma y se desvanecía en el viento.
Mi mente se bloqueó, escéptica sobre lo que acababa de contemplar, entonces, acompañada del retumbar de un golpe, la verdad atravesó mi mente como un cuchillo.
Rápidamente miró a las personas, todas desaparecidas, los aparatos que había destrozado eran meras piedras, y su preciosa casa un mero espejismo.
En ese momento lo supe, disfrutando de la verdad en su estado puro, me extasié con el ritmo de mi mente: Yo, y la locura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario