martes, 30 de noviembre de 2010

Dos vidas. Un corazón

Oscuridad. Eso era lo único que recordaba. Una negrura tan impenetrable que había llegado a temer que jamás volvería a ver la luz del día. Y así fue. La sensación de haber perdido algo más aparte de la visión le torturaba en sueños. Allí donde antes había habido un corazón ahora sólo había un músculo ilegítimo que mantenía con vida un cuerpo cuyo dueño quería morir. No… Morir no es la palabra. Él murió con ella, en el instante en que sus ojos se cerraron, privándole de aquella luz que había sido su guía durante tanto tiempo. Él no quería morir, lo que quería era dejar de sufrir. Y cada latido era como un cuchillo de hielo ardiente clavándose dolorosamente en su alma marchita, recordándole que no volvería a admirar nunca sus ojos, su pelo, su sonrisa, sus mejillas, su nariz, su figura… Y sin embargo, no podía morir. No después de que sus últimas palabras fueran “Te amo, nunca lo olvides. Vive feliz. Vive por mí.”

Si tan sólo él hubiera sabido lo que pretendía… tal vez habría podido evitarlo. Entonces él estaría bajo tierra, y ella irradiando luz con su mirada y su sonrisa. Todo sería mejor para todos.

*******

Los médicos apenas le habían dado unos meses de vida tras diagnosticarle una grave deficiencia cardiaca. La única solución viable era el trasplante, pero su grupo sanguíneo no coincidía con ningún corazón disponible. Iba a morir, y lo había aceptado. Su mujer, no.

Por eso encontró extraña la cena a la luz de las velas que ella le había preparado una noche en el propio hospital.

“¿Y esto?” preguntó, desconcertado.

“Porque te quiero” respondió ella, dedicándole una intensa mirada a través de la débil llama de las velas.

“Yo también te quiero. Con toda mi alma. En este mundo o en otro, vivo o muerto, siempre serás mi sol, mi luna y mis estrellas. La única razón por la que mi viejo corazón aún late es porque me despierto cada mañana a tu lado, y pienso que sólo por volver a amanecer junto a ti una vez más merece la pena vivir hasta el día siguiente.”

En ese momento, aunque él no se dio cuenta, una diminuta perla se deslizaba por la mejilla de su mujer.

A la semana siguiente, ella debía marcharse por cuestiones de trabajo, por lo que cuando los médicos le comunicaron que por fin habían hallado un donante, ella no estaba.

Prepararon un quirófano enseguida para proceder al trasplante, y mientras le trasladaban en una camilla, decidió que quería saber algún dato acerca de su salvador.

“Verá,” le dijeron “éste es un caso excepcional. La donante aún está viva. Nos lo pidió ella misma. Lo hemos permitido porque según su historial médico no le quedan más que semanas de vida. Tiene un tumor en el cerebro que la ha diezmado.”

Fue como si un martillo golpeara con fuerza sobrenatural su ya marchito corazón. ¿La donante? ¿Viva? Un horrible presentimiento tomó forma en su mente.

Y allí estaba ella, también en pijama de hospital, tumbada en una camilla a escasos metros de él. Su mujer.

“¿Por qué?” preguntó él, horrorizado.

“Porque por amor siempre se hacen grandes locuras. Y yo te amo. Nunca lo olvides. Vive feliz. Vive por mí.”

Y cerró los ojos, esos bellos ojos que le habían enamorado tiempo atrás. Y en ese momento, el alma de él murió. Ella había hecho el mayor sacrificio que alguien puede hacer por aquél a quien ama: le había entregado su corazón, literalmente.

Y lo peor es que él solamente era capaz de cumplir la mitad de lo que ella le había pedido: vivir. No porque no quisiera ser feliz, sino porque, simple y llanamente, le era completamente imposible ser feliz sin ella.

Vivía, cierto, pero llevaba una existencia sin sentido. Pronto perdió la visión. Más tarde, el oído, y apenas si lograba hablar. Todos los días, sin excepción, visitaba a su mujer en el cementerio, a pesar de su ceguera, depositando sobre su marmórea lápida una rosa de las que él mismo producía en su pequeño jardín interior.

Hasta que un día frío de diciembre, él se sentó junto a su amada, esperando a que el soplo gélido de la dulce Muerte se lo llevara para siempre y lo reuniera con ella. Esa noche, su corazón, el de su mujer, dejó por fin de latir. Se cumplían exactamente veinticinco años desde el trasplante.

Lo enterraron a su lado, tal y como él había estipulado en su testamento, y entre las dos tumbas creció un rosal que, según dicen, es el corazón que ambos compartieron…

sábado, 27 de noviembre de 2010

Toc toc

Cuando desperté, en una mañana oscura, me di cuenta de que el martilleo que me había acompañado toda la noche seguía taladrando mi cabeza sin compasión. Tuve suerte de haber podido conciliar el sueño, pero presentí que esa suerte no me acompañaría esta noche y decidí investigar la fuente de tan molesto ruido. Decidido a levantarme tras un instante de auto-convicción , coloqué mi mano izquierda en la pared e hice fuerza, consiguiendo incorporarme.


Me miré; la ropa que en la noche anterior no me había ni quitado reposaba ceñida a mi piel, era una ropa cómoda, aunque después de ver cómo había quedado decidí cambiarla por algo más acorde. Mientras me vestía mi cabeza fue despejándose, pero aún estaba ese continuo martilleo del que no me libraba. Ya vestido me dirigí a asearme un poco, sin dudad alguna, la pulcritud no destacaba hoy en mi persona.


Normalmente hubiese desayunado frugalmente, pero hoy me apetecía un gran desayuno; miré a mi nevera, nada.

  • Maldita sea-mascullé entre dientes.


El destino parecía decidido a jugarme un mala pasada, así que abrí el armario dónde guardaba el pan de molde y saqué la leche de otro contiguo. Comí sin prisa, pero lo bastante rápido como para no volverme loco con esa demoníaca cadencia que me torturaba.


Ya desayunado, salí de mi casa, el panorama de todos los días me esperaba allí fuera; sin embargo, ese molesto ruido seguía ahí fuera, escondido, burlándose de mí, sin que pudiera localizarlo. La gente a mi alrededor seguía sus vidas, nadie notaría algo anormal en mí...

Con un suspiro comencé a buscar alrededor de mi casa. Mi casa era bastante bonita, hecha de ladrillo y recubierta por pura estética de pizarra, solía disfrutar de una temperatura confortable en invierno, aunque el verano se hacía muchas veces insoportable. Rodeé la casa, aparte de los despojos de la sociedad moderna y alguna que otra sabandija que almorzaba, no había nada más.


Frustrado por esto me alejé más de mi casa en busca de ese maldito sonido que tanto me molestaba. Mi búsqueda comenzó en una obra de las inmediaciones, aunque no tuve problemas para entrar, resultó más difícil distinguir entre tantos aparatos aquel que yo buscaba. Tras un buen rato buscando, había localizado una variopinta colección de cacharros y demás chatarra. Uno por uno fui apagándolos, inutilizándolos o simplemente rompiéndolos en tantos pedazos que hasta a su propio diseñador lo habría costado reconocerlo. Rompí cosas que ni siquiera sabía que hacían o para que servían.

Una vez acabado el duro trabajo, esbozó una sonrisa de satisfacción, que se vio truncada por el sonido, que pugnando por ser oído, seguía tan fuerte como antes. Ya no podía aguantarlo.


Con gran decisión me encaminé fuera del solar de las obras, y empecé a buscar sin criterio, ora allí, otrora allá, eso sí, respetando escrupulosamente las cosas de los demás, y permitiéndome no repetir en ningún caso.


-Nada, nada, nada


La frustración me afectó aún más, volviéndome frenético, alterando mi respiración, mi tensión y mi humor.


El sol estaba en su cenit para cuando terminé de buscar, infructuosamente, hay que decirlo. Así, desesperado, regresé a mi hogar. Tras un reparador bocadillo de embutido, harto con el sonido, decidí preguntar para ver si alguien sabía de dónde provenía.


Debido a la hora, me costó encontrar a alguien, ese alguien fue un hombre de estatura media, ni gordo ni delgado, con una cara neutra y vestido con un sencilla traje para el trabajo.

Me acerqué a él y le pregunté de forma amistosa:

  • Señor, ¿sabe usted de dónde procede ese sonido?

Cuando creí que iba a responderme, contemplé medio fascinado medio horrorizado cómo su silueta se fundía en forma de bruma y se desvanecía en el viento.


Mi mente se bloqueó, escéptica sobre lo que acababa de contemplar, entonces, acompañada del retumbar de un golpe, la verdad atravesó mi mente como un cuchillo.

Rápidamente miró a las personas, todas desaparecidas, los aparatos que había destrozado eran meras piedras, y su preciosa casa un mero espejismo.

En ese momento lo supe, disfrutando de la verdad en su estado puro, me extasié con el ritmo de mi mente: Yo, y la locura.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Reminencias

¿Cuales son tus palabras?

Las brumas.

¿y cuál es tu condena?

La arena.

De tu alegría, la espuma,

y la sal de tu vivir,

yo me siento aquí morir,

como piedra en tu cuna.


miércoles, 24 de noviembre de 2010

Inspiración nocturna

Brilla luna azul,
En los ojos inquietos de la mañana…
Que tus suspiros me dicen, me cuentan
Tus sueños y tus deseos…
Brilla luna azul,
En el mar de tu anhelo.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Vuelo
Cada vez más alto
pero el sol me ciega
las nubes me envuelven con su abrazo húmedo
y gotas de lluvia me pellizcan

No puedes

Corro.
Cada vez más rápido.
Las piedras ruedan, se ríen de mi vano intento
Solo se escucha el lamento de la hierba bajo mis pisadas
y el soplo burlón del viento susurrando en mis oídos.

Es inútil

Me tiro al agua.
Nado cada vez más fuerte.
Las olas lamen mi cuerpo, helando mis músculos.
La corriente me retiene
y los chillidos de las gaviotas acompañan mi lucha

Resígnate.
No puedes escapar de ellos
- ¡No son parte de mí, puedo librarme de ellos!
No te engañes.
No estás escapando de tus sentimientos
Estás huyendo de ti misma.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Maldita sea

“Ha vuelto a suceder, me he vuelto a equivocar. Dejé de prestar atención y perdí el control por completo. Prometí que no volvería a pasar pero ahí está, mirándome como si se burlara de mí.”

Entre sus manos sujeta una pequeña esfera, su mirada está fija en ella mientras la luz de mediodía llena la habitación y le arranca pequeños destellos y colores. En el interior hay un remolino de color, parece una burbuja grande, por lo menos lo suficiente para que tenga que cogerla con ambas manos, solo que un poco más resistente

Sabía lo que pasaría ahora o, más bien, lo que podía llegar a pasar…
Mientras no miraba un sueño había escapado, la verdad no sabía de dónde aunque daba igual. Podía haber salido de un suspiro, de una risa o de una mirada. El caso es que ya no estaba donde tendría que estar, ahora estaba en su mundo, amenazándolo. Por el momento era un sueño relativamente pequeño, apenas una efímera expresión de deseo. Pero eso podría cambiar, el sueño podría crecer, ganar fuerza y apoderarse de la realidad.

Los sueños son persistentes, nos persiguen y es difícil librarse de ellos, a veces incluso parece que están vivos. Un sueño puede empezar como algo insignificante, un pequeño recuerdo al despertar, la sensación de que hemos vivido algo. Sin embargo, pueden crecer y cambiarnos, alterarnos de mil formas distintas. Mientras el sueño siga dentro de nosotros no podrá crecer indefinidamente, nosotros seremos su origen y su límite. Tus sueños no pueden ser más grandes que tú, sencillamente porque tú mismo formas parte del sueño y eres todo el sueño. El problema viene cuando se te escapan de las manos, cuando abandonan el lugar que les pertenece y hacen de las suyas.

Eso es lo que había pasado esta vez, ahora había un sueño en la habitación. Puede que muriera ahí mismo, como tantos otros, sin llegar a ser nada más que un deseo que se pierde. Pero también puede que ese sueño empiece a crecer y dado que ya no forma parte de nadie no tendría ningún límite.

“Se acabó, ya no tengo el control…Si desaparece será como si nada hubiera pasado. Pero si crece, podría llegar a encerrarme, podría obligarme a vivir mi propio sueño…”

martes, 2 de noviembre de 2010

Siempre adelante

Suavemente se desliza

por el filo del cristal,

sin dudas, sin miedo,

sin nada que pensar,

delicada, pura,

toda libre de maldad,

como un bebé que anda

y no sabe adonde va

por un camino que sigue

y recorre sin cesar,

quedando atrás lo oscuro

y delante la verdad.