Ahora, en verano, me he acostumbrado a estar sola… Ordenador, televisión, largos en la piscina, paseos con música… las horas se alargan, quieres que pase el tiempo, para poder irte a dormir, y que haya pasado de nuevo un día más.
Incluso con planes, te cuesta ponerte a hacerlos. Es una sensación de vagancia, de debilidad… En realidad, estás dentro de ti, y el mundo que tienes a tu alrededor es demasiado complejo, pide demasiada atención, y me satura…
Es lo que me toca, lo que me he ganado, lo que merezco. Es lo que he recibido por querer respeto, por no querer sentirme mal… soledad, si, asumo que digna, pero no por ello menos cruel.
No te das cuenta de lo mucho que echas de menos a las personas hasta que estás un día con ellas. De pronto, tu barrera de indiferencia, de “me siento bien sola” se cae… realmente, quieres estar con ellas, no sola mirando el ordenador una y otra vez, o con padres que no solo no te comprenden… sino que tú no comprendes qué se les pasa por la cabeza, ya no hay seguridad en ellos.
Estar sola no es lo mismo que sentirte sola… pero es verano, y es lo que toca… es lo que me toca.
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